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PARIDAD...Y AHORA?

Por Silvia L. Risko


Un rasgo de la política argentina en el siglo XIX quedó de manifiesto en la reforma electoral que dio lugar a intensos debates en el Congreso Nacional, donde ninguno de ellos incluyó a la mujer como sujeto de derecho político. La Ley Saenz Peña, estableció el voto universal masculino, secreto y obligatorio.

Alicia Moreau, defensora de los derechos de las mujeres en esa época, remarcaba en forma permanente la gran contradicción que sostenía por un lado, la incapacidad de las mujeres para votar y por el otro, el relevante rol social como formadora y educadora de los hombres que conformaban la gran Nación Argentina.

Eva Perón, puso en la agenda política la discusión del voto femenino. Si analizáramos hoy los discursos y fundamentos de Evita los encontraríamos con una fuerte base machista, pero fue la gran impulsadora de la incorporación activa de las mujeres a la acción política. Sostenía que la salvación de las mujeres sería obra de las mismas y que había que evitar su masculinización.

Año 2017, aprobación y proclamación de la Ley de Paridad de Género en Argentina. Sin lugar a dudas significó un nuevo escalón en el arduo e intenso trabajo por la conquista de espacios de poder. Y si, estamos hablando de poder, de la inserción igualitaria de la mujer en los ámbitos políticos, donde se definen o delinean los destinos de todos. Los cambios, cuando se trata de igualdad, de inclusión o de justicia social, son lentos, muy lentos. Y si no hagamos una línea del tiempo en la legislación Argentina con respecto a temas de mujer y política:

Año 1947: voto femenino Año 1991: cupo femenino 30% Año: 2017: paridad de género 50%

Pasaron setenta años entre el derecho a votar y lograr la paridad política, y durante 26 años, nos tuvimos que conformar con el 30% que a la luz de interpretación de la ley pasó a ser un techo y no un piso.

Pues bien, para las elecciones del 2019, las listas a nivel nacional y ahora también en la provincia de Misiones deberán tener en forma intercalada (aprendimos...) candidatos de diferentes sexos. Es suficiente? claro que no.

Todavía no formamos parte ni tenemos un lugar en la “mesa de discusión” pero es sumamente importante obligar a esa mesa que ponga en agenda, ya sea por oportunidad u oportunismo, los temas de género. De eso se trata ejercer el poder.

Y ahora?

La paridad debe ser tomada como un puntapié inicial estratégico para lograr la igualdad. Pero también es cierto que hay que superar prejuicios sociales, culturales y políticos muy arraigados, como por ejemplo, que las mujeres estamos preparadas sólo para tratar temas sociales o áreas sensibles; preparadas para asistir, contener, acompañar pero no para gobernar.

El desafío será lograr la amalgama entre los temas de género y no quedar encerradas sólo en ellos.

Porque si los espacios ganados, gracias a la lucha de miles de mujeres organizadas a lo largo de nuestro país y del mundo, son ocupados por mujeres designadas a dedo, por buen perfil social o por obediencia debida garantizada a sectores donde la perspectiva de género amenaza sus intereses, como ser las religiones representadas por sus diferentes iglesias pero con el mismo dogma, la mujer solo obedece, entonces lo mas probable es que nos lleve otros setenta años lograr verdadera representación.

“Cuando se trata de los derechos de las mujeres, no hay espacio para la diplomacia”, dijo Tanya Gilly Khailany, activista feminista ex legisladora iraquí, representante de ONU Mujer, y es una gran verdad. La calidad en la representación es tan o más importante que la paridad, de eso depende no solo el avance en derechos sino también en políticas de Estado.

Tenemos que sacarnos el saco prestado por los hombres y a la hora de debatir temas como el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, despenalizar y legalizar el aborto, respetar nuestras decisiones de vida, terminar con la doble moral, perseguir con igual dureza al que vende drogas u armas como al que vende mujeres y niños como si fueran un pedazo de carne, cuando se trate de exigir que se cumpla con educación sexual para evitar y prevenir desde embarazos no deseados hasta enfermedades como al VIH, dar pelea política en los debates presupuestarios para que sean incorporados programas de contención a víctimas de violencia y también a la recuperación del violento, el acceso a la educación y a los ámbitos laborales sin discriminación y con igual remuneración, en fin, cuando se pongan en debate estos temas y tantos otros que nos tocan y afectan a nosotras directamente, estemos representadas por mujeres que su nivel de compromiso y conciencia social sea más fuerte que cualquier partido político o religión.

Todas hablamos de sororidad, pero tenemos poca práctica de esto. Tenemos la obligación de romper con patrones o moldes que no nos pertenecen, no pisar el palito de la práctica de la división porque ya aprendimos que unidas somos fuertes. Debemos incorporar una nueva figura, la de los liderazgos incluyentes. Cada mujer en el sitio que esté debe convertirse en una guardiana de lo conquistado y no olvidarse jamás que un mundo mejor para las mujeres y niñas es un mundo mejor para todas las personas.

Pero, alcanzaremos la excelencia cuando superemos el desafío de este siglo, el no quedar atrapadas en un único rol político, el de hablar únicamente de género y su problemática. Por eso, debemos enfocar nuestros objetivos en ocupar los espacios masculinizados por excelencia, la política, economía, tecnología, filosofía, medios de comunicación, sindicatos, organizaciones, instituciones, espacios públicos, barrios, calles y partidos políticos.

En el siglo XXI tenemos la responsabilidad de profundizar la lucha por la igualdad de condiciones y defender el derecho de hablar, pensar y hacer lo que queramos sin caer en la trampa de los estereotipos impuestos y hasta autoimpuestos y enriquecer el debate con discursos transgénero, defender la idea de que las diferencias entre los sexos, las razas, las edades y más allá de las biológicas, son solo diferencias culturales, que todos somos iguales y merecemos el mismo respeto.

La única diferencia real y preocupante es la que existe en la desigualdad de oportunidades y condición socio-económica, que pretende imponernos a cada uno de nosotros, el casillero que ocuparemos en el juego de ajedrez del poder.

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