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Vos no estabas mamá...
















Creo, milito y defiendo los derechos humanos, sobre todo los de la mujer. Me ofende la discriminación y subleva la injusticia. No puedo mirar a un costado y ser indiferente.

No hace falta autoproclamarse feminista para saber de qué se trata cuando se habla de abusos de poder, en todos sus tipos, físico, económico, sexual, social, cultural y político. Sólo hace falta ser mujer.

El ámbito político sigue siendo el más difícil y reacio en aceptar a la mujer como un igual, pero sobre todo, el más indiferente a la hora de hablar de equidad. Tenemos un lugar en las listas por conquistas propias (ley de cupo-paridad de género) pero nunca somos convocadas a las mesas de discusión donde se toman las decisiones. La alta política sigue siendo un ámbito casi exclusivo de hombres.

La lucha de millones de mujeres a lo largo de la historia no es sólo por la igualdad sino también por la equidad, y eso es algo que ni siquiera se toma en cuenta a la hora de discutir cambios que vengan de la política para que se conviertan en la base de cambios estructurales socio-culturales definitivos y evolutivos, y que no sean meros discursos electoralistas o “coyunturales”…(detesto esa palabra, la asocio a rosca momentánea para salir de una incomodidad).

En esta feroz cruzada, y no por violentas, sino por instinto y también por haber aprendido que para ser “vistas, oídas y respetadas” tenemos que usar los mismos recursos que se han utilizado desde los comienzos de la civilización: la organización y el reclamo. Pero hasta por eso tenemos que dar explicaciones y justificaciones.

- Una marcha de mujeres, es un grupo de “locas muestra tetas”.

- Una pared escrita tiene más horas en los medios que la desaparición de un víctima de trata.

- Ante una denuncia de abuso sexual: “porque no lo hizo antes”, ó en el peor de los casos… “bueno, pero no la violaron y le está cagando la carrera al pobre tipo”.

- Si la violaron, debe demostrar que dijo NOOOOOOOOO…porque de lo contrario “no fue violación porque no manifestó suficiente resistencia”.

- Si la violaron, quedó embarazada y decide recurrir a la justicia: “debe tener el bebé, amarlo, quererlo”… es la muestra más clara de que seguimos siendo consideradas un envase.

- Si quedó embarazada y no desea ese hijo, vive si tiene plata para un aborto seguro. Si es pobre, seguro muere y encima a nadie le importa, es más, hasta algunos piensan y dicen “se lo merecía por puta”.

- Si el hombre que tenés al lado te caga a palos, todavía prevalece el “por algo será”.

- Si decide ser ama de casa, pasa de ser “la sirvienta sin paga” a “la cómoda mantenida”.

- Si usa minifaldas y botas bucaneras es inevitable ser “la puta más puta”… salvo que sea la esposa o mujer de algún capo, entonces lo piensan pero no lo dicen por respeto a el hombre y no a la mujer.

- Si es joven y quiere divertirse: “es una atorranta”.

- Si decide estudiar, dedicarse a su profesión es cuestionada por “no pensar en tener marido e hijos”.

- Si tiene hijos sin un hombre al lado: “es una tilinga e irresponsable”.

Podría seguir enumerando una lista interminable de situaciones cotidianas que vivimos todas, sin importar la condición social ni económica. En eso hay igualdad, la discriminación la sufrimos todas.

Nuestro avance, medido en tiempo, es lento. Hoy tenemos sueños y objetivos propios. Salimos a estudiar, trabajar, manejamos nuestra economía, nos insertamos a los codazos en los sistemas más conservadores, valoramos la solidaridad de género, caminamos seguras (aunque temblemos por dentro), la peleamos de igual a igual con el hombre y no contra el hombre, cultivamos la paciencia y sabemos esperar.

Pero, al final del día, cuando retornas a tu casa, te enfrentas con una realidad que es totalmente desigual. Cuando el hombre no está se lo justifica porque está trabajando, estudiando, militando, etc. En cambio, nosotras no tenemos excusas. Ante situaciones, problemas o conflictos de los hijos, las responsables o culpables somos las mujeres, porque no estamos donde se supone que debemos estar.

Y cuando sucede algo, desde un problema menor hasta una desgracia, uno se pregunta: ¿yo dónde estaba que no me di cuenta?¿Cómo no lo vi?¿En que momento pasó?. Es recurrente escuchar: “vos no estabas mamá…”.

Y ahí es cuando todo corre peligro, las explicaciones y justificaciones no logran llenar el vacío planteado, es en ese preciso momento cuando es más tangible la diferencia entre un hombre y una mujer. Es ese instante cuando todas nos enfrentamos a la dolorosa dicotomía de si el costo por luchar por una sociedad más justa no es demasiado alto para nosotras.

La culpa, la maldita culpa, la herramienta más poderosa para manejar al mundo, no sólo a nosotras, se hace carne. Duele hasta los huesos, hasta parece que te parten la columna vertebral. Los replanteos y autoflagelaciones son casi inmediatos, extremadamente lapidarios y crueles. No hace falta que nadie de afuera, ni el sistema ni la sociedad nos lastime, lo hacemos nosotras solitas.

Y ahí estamos ante la cruel realidad, la mas clara muestra de como la mujer va a tener que seguir juntando sus pedazos, que su espalda se suelde, que su loba furiosa no gane a la loba que se preocupa y ocupa de la manada y no solo de sus hijos, que sabe que siempre tendrá que dar explicaciones y justificaciones pero que el esfuerzo es válido, que tendrá que lamer sus heridas y confiar en la semilla que está segura sembró en sus hijos, que debe seguir aunque se sienta invisible, porque es en esos momentos, cuando todas nos topamos con nuestro talón de Aquiles, ese que han sabido explotar los diferentes sistemas de poder, debemos ser conscientes que las mujeres no tenemos quién nos haga la segunda en nuestro frente interno, estamos solas y el costo es alto cuando decidimos salir a luchar por una sociedad inclusiva y con igualdad de oportunidades.

Ninguna lucha por más inclusión, igualdad, equidad y respeto fue ni será gratuita, pero siempre han valido la pena.


Por Silvia Risko

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